MUERTES ANÓNIMAS POR DECRETO

                                MUERTES  ANÓNIMAS POR DECRETO


Podemos mirar para otro lado, pero  30.000 ancianos muertos en residencias nos miran como sociedad.

Las personas que vivieron la guerra civil española, la postguerra, el hambre y la dictadura, no imaginaban que en democracia les negarían  el derecho a vivir si tenían más de 75 años, estaban contagiados de  Covid,-19,  tenían otras patologias previas compatibles con el coronavirus, y si en 15 minutos no respondían a la oxigenoterapia con mascarilla. 

El Departamento de Salud del Gobierno Nacionalista de Catalunya, hizo llegar un documento al personal del SEM y a los hospitales catalanes, para no derivar a las personas  a partir de 75 años, que estuvieran enfermas de coronavirus,  a los hospitales y a las  UCIS, en otras palabras,  decretó la muerte de un grupo entero de la población de Catalunya en un protocolo que  autorizaba a suministrarles  Midazolán, lo que equivale a darles  muerte por sedación. 

Dicho documento fue filtrado por Barcelona TV,  y de él se hicieron eco  un reducidísimo  numero de medios de comunicación, algo normal,  pues es sabido la proverbial sumisión de los medios de comunicación de Catalunya al Gobierno nacionalista.

Este documento emanado del Departamento de salud del Gobierno de Catalunya, lo  firmaron 10 responsables del área de la Salud: 

1 Maribel Esquerdó. Médica PADES Mutuam. Programa de Atención Domiciliaria y los equipos de apoyo a dependientes de la Sanidad Pública Catalana.

2 Ana Olivè. Médica Hospital Mare de Deu de la Mercé y de las Residencias de la Salud.

3 Sara Pons. Responsable atención espiritual en la Fundación Sanitaria Mollet.

4 Silvia de Cuadras. Psicóloga.

5 Dolors Quera. Coordinadora médica del Hospital Mutua and Well. Presidenta de la Sección de Médicos Socio Sanitario del Colegio de Médicos de Barcelona.

6 Miquel Riguant. Grupo de ética de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar y Comunitaria.

7 Ester Ruqué. Médica Geriatria del Hospital Universitario San Juan de Reus.

8 Joan Solá. Director del Ârea Sanitaria y Dependencia de la Fundación Sanitaria de Residencias Geriatricas del Colegio de Médicos de Barcelona.

9 Josep Tarés. Presidente de la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Barcelona.

10 Montse Esquerda. Presidenta de la Comisión de Deontología del Colegio de Médicos de Lérida y Presidenta de la Comisión de Deontologia del Consejo de los Colegios de Médicos de Catalunya.

En paralelo a este documento el Presidente de la Asociaciòn Profesional Catalana de Directores de Centros y Servicios de Atención a la Dependencia ASCAT, Andrés Ruefs, ha dicho que las muertes por coronavirus en las residencias y geriátricos, son como mínimo un 50% más que las cifras oficiales.

Durante el Estado de Alarma proclamado el 15.03.2020, comenzaron a aparecer los primeros contagiados por Covid-19,  que se fueron incrementando de manera exponencial con el paso de las semanas.

Pero las personas que murieron en las residencias en tales circunstancias, no fueron enterrados en las cunetas, como en la guerra civil,  fueron enterrados en fosas comunes en muchos países, igual que se hace en  las guerras. En otros países como España,  fueron incinerados masivamente en  crematorios. El método adoptado, masivo e impersonal, no fue muy distinto al que utilizó Alemania  en los campos de exterminio nazi con los judios.

Los fallecimientos  producidos en las residencias de toda España, en la primera ola, arroja la escalofriante cifra  de:
 una muerte cada 15 minutos.

Fue un espectáculo de terror dejar abandonadas las residencias a su suerte  por priorizar a otras personas ante el colapso en los hospitales.  

A las familias  de los ancianos las obligaron a  recluirse en sus casas sin que pudieran  visitarles a las residencias. Tampoco se les permitía hacer videollamadas, ni hablar con ellos por teléfono. Les prohibieron  asistir al funeral, si es que se les hizo, algo del todo improbable. Más adelante, cuando se permitió asistir al funeral,  restringieron el número de asistentes, se  prohibió abrir el ataúd, ver el rostro del difunto, o acariciar su mano  en aquella ultima vez. 

Estas restricciones se mantuvieron  durante muchos meses.  Resultó un hecho dolorosísimo para las familias,  algo que nunca podrán olvidar.

No hubo tiempo para  que  los tanatoésticos maquillaran  a los difuntos y les adecentaran un poco el rostro, ya de por sí demacrado por el contagio y otras enfermedades que pudieran tener. Estas personas tan débiles y enfermas, podian quedar  reducidos  a piel y huesos  en tan solo unas semanas, si perdían el apetito  por la soledad y el miedo, si no comían, si no dormían lo suficiente debido al stress, y a la incertidumbre que sentían,   según confirman  testimonios de familiares y el personal interno de las residencias.

Qué sentido tenía  borrar todo vestigio de contagio, de enfermedades, de sufrimiento,  de no haber comido durante semanas, o de no haber recibido los cuidados necesarios por la  falta de personal, y adecentarlos con los medios de  la anatopraxia, si no iría  nadie a verlos ?

No, no quisieron establecer las medidas para trataros  con el respeto que todo enfermo y difunto  merece.  No hubo  flores, ni coronas,   ni una misa, ni un sermón en vuestra memoria. No visteis las lágrimas derramadas de vuestros familiares que se quedaron aquí tan vacíos por dentro. No oísteis las oraciones  de los que os querian vivos. No hubo una alusión a vuestras vida, a lo que os gustaba, a los hijos que tuvisteis, a los nietos con los que ya  no podreís jugar,  nada referido de manera personal a cada uno de vosotros, como hace el sacerdote  en un funeral normal. Tampoco sonó en la capilla el  Ave María, ni hubo asistentes, aunque no faltó el desgarro, el  nudo  en la garganta, y la impotencia  de todos vuestros  familiares prisioneros  en sus casas por orden de  un gobierno que os había condenado a muerte por decreto.

Cada uno partió solo hacía  ese tunel de luz,  que algunos expertos  dicen que  los difuntos contemplan,  minutos después de que su alma deja  el cuerpo.

A vuestra muerte, solo  concurrió  una  plantilla de operarios de las funerarias. En el último sótano del edificio, nerviosos y  apresurados,  asistían al  trasiego de cadáveres dentro de ataúdes color madera sin dedicatoria alguna, ni flores, ni coronas. Una fila  interminable de cajas mortuorias ordenadas por número,  según el día del  fallecimiento,  las manejaban varios trabajadores vestidos con EPIS blancos y mascarilla. Uno de ellos, delgado y alto, medio distraído, pero riguroso en su trabajo, traía  ataúdes de 4 en  4  situados sobre estantes dentro de un gran carro con ruedas, que empujaba desde el fondo  de un inmenso  parking vacío de coches. Lo convirtieron  en morgue improvisada desde hacia  meses por falta de  espacio. 

Sin apenas luz, los opacos y sucios fluorescentes  del techo, llenos de polvo, transferían  una desgarradora  imagen de macabra  injusticia.

En esta situación de cremaciones  masivas, ningún familiar podía  asegurar,  si las cenizas del difunto que le  entregaban, junto al  documento de incineración citando el nombre y el apellido,  correspondía a su familiar  fellecido. Se preguntaban si podrías ser  las cenizas de otra persona.  De todas formas,  se llevaban la urna  a sus casas,  pero sentían  como si aquellas cenizas fueran de alguien ajeno a la familia, alguien que había desaparecido para siempre en un mal sueño, como les ocurría a ellos.

¿ Qué sentido tenia ir al cementerio y rezarle  ante la tumba si no sabían  a quien rezaban,  ni quien  ocupaba  aquel panteón familiar ?

Que triste que las personas a quienes más amasteis, sean  hoy  personas anónimas, simples   números en  las  estadísticas de la pandemia del 2020, que gestionó un gobierno criminal y totalitario. 

Hay pandemias que son guerras, pero salen  más baratas  que los conflictos armados. No se necesitan armas,  tanques, ni  misiles,  para  acabar con la vida de miles de  personas.  

En esta guerra del Covid fueron casi 30.000 las personas fallecidas solo en residencias, UNA PERSONA CADA 15 MINUTOS. 

Estos ancianos que hoy ya no están,  son fallecidos que nadie conoce.  Ni sus nombres y apellidos se publicaron en las necrológicas de los diarios, ni tampoco los refirió  la TV.

Fueron muertes anónimas, 30.000 personas vivas,  que  al parecer estaban de más para el Gobierno  y la Administración, que a fuerza de marginar a nuestros mayores, han creado una sociedad edadista que los descrimina por su edad. 

Luisa Vicente

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