A UN ÁNGEL QUE PASÓ POR LA TIERRA, MI MADRE

             

                                                      A UN ANGEL QUE PASÓ POR LA TIERRA,  MI MADRE



Dedicado a mi madre que no me parió. A ella le brindo los años que me queden de vida y los sentimientos que me hace sentir al recordarla. Sin ellos mi vida no sería la misma. 

Veo a mi madre  reflejada en cada anciano que cruza  la calle.  Reparo en  su lento  caminar,  siempre atento a su  bastón. Se apresura en el paso de peatones para alcanzar la otra acera.  Percibe cierto nerviosismo en los conductores que esperan impacientes que cambie el semáforo.  Observo sus rasgos apagados por la edad.  Imagino  cómo sería de joven. En esa abstracción me viene a la mente una mujer arrolladora, segura de si misma, con empuje. Su peinado recuerda  el estilo de la actriz  Grace Kelly. Intenta pasar desapercibida, no destacar,  pero es tan elegante, alta y femenina, que resulta difícil. 

Domingo de ramos

Se pusiera lo que se pusiera  mantenía un porte distinguido, así fuera una simple bata de andar por casa. Sin hacer nada especial sabía estar y adaptarse a cualquier ambiente y lugar. 

Tenía tiempo para todo, incluso para hacernos la ropa a mi hermana y a mi.  A mi padre le hacia  unas camisas preciosas que se ponía  para los domingos. Las camisas mas viejas  las utilizaba para trabajar en el taller, pero a los cuellos deshilachados  les daba la vuelta  para que parecieran nuevas. Cuidaba hasta el más mínimo detalle. La costura nunca tuvo secretos para ella.  Vencía todas las dificultades. Tanto si le faltaba un poco de tela para acabar el vestido, como si le sobraba, ella hacia el milagro. De un trozo pequeño e irregular podía sacar dos sombreritos la mar de originales y divertidos. 

Así eran la mayoría de las mujeres de antes, pero mi madre era la más amorosa. La mejor. La más especial. 

Un domingo a la salida de misa

Cuando las canas peinaban sus cabellos y sus huesos ya no aguantaban el peso del tiempo, la juventud la abandonó, mi ángel protector quedó en anclado a una cama.  Perdió el empuje, la salud y las fuerzas, pero no perdió  la valentía. Su tez mantuvo hasta el último día la textura suave del melocotón recién cortado.

Mi ángel dependía de una sonda para alimentarse, así estuvo  casi dos años. Su estado le impedía saber que estaba  cuidada y mimada  por las personas que más la querían y la valoraban. Finalmente una mañana se la llevaron al hospital de la Rotonda. Mal pronóstico. La Rotonda, que antes había sido un emblemático hotel, lo convirtieron en un hospital para pacientes terminales. Allí pasó sus dos últimas semanas. De esto hace muchos años.  Recuerdo que un médico de El PADES, el servicio de Atención Domiciliaria de la SS,  venia cada mes a casa.  La controlaba  a ella y a nosotros. Saben que estas situaciones producen mucho desgaste emocional a la familia que cuida al enfermo, sobre  todo cuando  la situación dura mucho tiempo. Fue decisión del médico del PADES trasladarla al hospital.  Allí  falleció.

Nunca me perdoné que no muriera en casa. Me  pidió no morir en un hospital siendo yo una adolescente, quizá tendría 12 o 13 años.  Se lo prometí en uno de esos momentos que compartíamos mil cosas mientras  me enseñaba a cocinar  los guisos  de puchero que preparaba  su madre para sus 8 hijos y su marido. 

Carmen, así se llamaba  mi madre,  sigue en mi pensamiento como el primer día que la vi. Llegó una tarde mientras yo jugaba a la comba  en el patio de casa. Franqueó el umbral de la puerta y al final del pasillo estaba ella. No pude ver su  cara, estaba  a contra luz de un sol de agosto  que entraba de la calle. Pude verla de cerca, incluso tocar su piel fina y suave,  cuando se acercó a nosotras, se agachó y nos abrazó con mucha ternura  durante un buen rato.

Cada mañana su fotografía en blanco y negro adorna un marco  ovalado que apoyo contra los libros que más uso. Su gesto tierno y bondadoso acompaña mis días y mis rutinas. 

Cómo olvidar que se casó con mi padre, un  viudo que perdió a su mujer en un mal parto cuando alumbró en  casa a un hermanito que llegó  sin poder ver la luz. A los pocos días, debido a una infección,  ella se fue con él. Unas horas antes pudo despedirse de mi hermana,  de mí,  de mi padre, de sus padres y de sus hermanos. Recuerdo con toda claridad aquel momento. Alguien nos hizo entrar a la habitación. Vi a mi madre sentada en la cama y reclinada sobre varias almohadas. Tenía el pelo largo, estaba muy guapa. Había muchas personas  alrededor de la cama. Noté un silencio raro. Todas las miradas iban dirigidas a mi hermana y a mi, y luego a mi madre cuando nos abrazó a las dos juntas. Era la despedida final de sus dos hijas pequeñas que dejaba huérfanas, y  al  cuidado de un padre que no sabia ni freir un huevo y pasaba  12 horas trabajando de mecánico en su taller.  Cuando pienso cómo debió sentirse mi madre en ese momento, noto mi corazón estrujado  en un puño. Recuerdo que el dormitorio  era grande.  Tenía  las ventanas medio cerradas para que no entrará el calor. Luego nos sacaron de la habitación y nos dijeron que bajáramos al patio pequeño a jugar. Había mucho silencio. Solo se oían nuestras risas, idas y venidas al otro patio contiguo que era mucho más grande y estaba lleno de plantas. Tenia las paredes medio  enracholadas con baldosas estilo  nazarí  de color azul en tonalidades diferentes. A mi hermana y a mi, nos gustaba esconder los  trozos de tiza en los agujeros de las baldosas  rotas para no perderlas. Aquellos trocitos de tiza eran auténticos  tesoros para nosotras. 

Cómo olvidar que decidió casarse  el día que nos vio a mi hermana y a mí  en una foto cogidas del brazo de mi padre. Estábamos frente al mercado del pueblo. Mi padre se la encargó al "fotógrafo",  un amigo suyo que no era profesional, pero tenía mucha traza haciendo fotos. Quería  enviársela por carta a  Carmen para que nos conociera. Al parecer era una mujer extraordinaria, trabajadora, cariñosa  y con grandes cualidades humanas. Estaba  soltera. Vivía en Madrid y ejercía de modista. Le habló de ella un buen amigo de mi padre  cuando lo  vio una mañana muy  triste y angustiado paseando con nosotras por la calle Mayor del pueblo. Yo tenía por aquel entonces unos  seis  años y ocho mi hermana.

Algo le debió romper el alma cuando al vernos en aquella foto, Carmen  decidió  dejarlo todo. Abandonó Madrid definitivamente y marchó  a vivir   a un pueblo pequeño de Jaén para cuidarnos como  una madre durante el resto de su vida. 

Carmen  llegó a nuestra casa con poco equipaje, solo una maleta pequeña y otra muy  grande  de cartón.  Eso era todo. Le dijo a mi padre  que en la más grande  llevaba  retales de tela de todos los colores por si le hacían falta.

Una mañana frente al mercado
             

Cómo olvidar que después de la ceremonia  en la Iglesia, en lugar de irse de viaje de novios, mi padre  fue a trabajar al taller, y ella marchó  directamente a casa. 

Recuerdo que después de abrazarnos, besarnos y jugar un rato con mi hermana y conmigo, comenzó a ordenar el zafarrancho que había en casa, a fregar platos, a lavar la ropa a mano en la pileta  y a cocinar. Pasada la siesta, acostumbraba a tender las sábanas  en el patio encalado donde el sol entraba a raudales. Hasta los trapos más gruesos que utilizaba mi padre en  el taller se secaban en media hora. 

Yo tenía la costumbre de irle dando  las pinzas mientras tendía la ropa. Las sábanas las veía tan grandes que pensaba que necesitaba ayuda. Las cogía de una lata grande que estaba medio abollada. En este trajín, ella solía cantar canciones de Concha Piquer, una cantante que estaba de moda en aquella época. Le encantaban sus canciones. "Tatuaje". "Ojos verdes." "No me quieras tanto." Y sin embargo te quiero."  Eran las coplas  que sonaban en la radio a todas horas, los best sellers musicales de los años 50.  Canciones melancólicas con letras sentimentales de amores y desamores que mi madre  interpretaba con más salero que la propia cantante.

Cómo olvidar  cuando cada mañana, antes de ir al colegio,  me ponía en la cartera un sobrecito de canela  para endulzar la leche  en polvo que EE.UU enviaba a los colegios en  la posguerra. ¡ Que rico sabor le daba ! No habría  podido beberla sin aquellos  "polvitos mágicos."

Cómo olvidar  que en 4 tardes  hizo dos monos con la tela de un retal verde que guardaba en su maleta.  De dos trozos  en blanco y rojo recortó unos barquitos a modo de bolsillos que luego cosió a los pantalones.  Quedaron de lo más original. Les decíamos a todo el mundo que  los había hecho nuestra madre. 


Cómo olvidar que a los pocos días de llegar mi madre a casa, invirtió todos sus ahorros en pagar la lápida del nicho de mi madre. Un empleado de la funeraria llamó a la puerta una tarde y le reclamó el pago que ya llevaba intentando cobrar  hacia dos años. Al parecer mi padre había elegido para el entierro de su mujer la lápida más cara del catálogo, y aunque se la fiaron  a plazos, la mala  racha  de trabajo  que tuvo en ese tiempo de posguerra,   hizo que  todavía  arrastrara  aquella  deuda.

Cómo olvidar que soy la que soy gracias a mi madre. Fue un regalo tenerla en casa, cuidarla, mimarla, pero de manera especial por mi hija, aún muy jovencita, que la adoraba. Los fines de semana prefería quedarse con ella, cuidarla, leerle algo, o peinarla, mientras sus amigas se iban a una excursión o a bailar.

Hija, te lo agradeceré toda mi vida. Rebosas humanidad. Hiciste por tu abuela, lo que pocas personas hacen. Siempre estaré a tu lado.  Acompañaste a la persona que más quiero cuando más nos necesitaba. No tengo palabras para expresarte mi agradecimiento.  Me apoyaste hasta el final.  No olvido su gesto de felicidad cuando la peinabas, le ponías crema en la cara y colonia Nenuco en el pelo. 

Mi madre era la mejor modista del mundo.  Me contagió  su creatividad.  Me hizo entender que la belleza de todas las cosas que nos rodean, incluso de las más anodinas,  está en los ojos que las miran. Nunca perdió la paciencia con nosotras. Siempre fue tierna y amorosa. Nos educó en valores, que hoy aún conservamos. Se sacrificó  más de lo que nadie puede imaginar. Dio su vida  por unas hijas que no eran biológicas. Se merece sobradamente todo el amor que siento por ella. Te quiero  mucho mami. Se que me esperas  allí arriba. 

Hay tres legados duraderos que podemos dejar a nuestros hijos: principios y valores  que guíen sus acciones. Una formación académica.  Y la capacidad de tener ideas propias para tomar  decisiones.  Yo tuve la suerte que mis padres me dieron las tres cosas, pero la que más valoro es el haberme sentido libre para  expresar mis opiniones sin miedo a que me juzguen por ellas. Es lo que más ayuda  a  sortear los barrotes de los dogmas y las creencias que nos imponen y sentirme un pájaro en total libertad, asumiendo la responsabilidad que esto implica. 

Los padres que creen que sus hijos serán más felices ofreciéndoles viajes al fin del mundo, cursos de oratoria y  submarinismo, grandes fiestas de cumpleaños y regalos caros, corren el riesgo de que no sepan  apreciar el valor de lo que reciben,  ni sacrificarse  por sus padres.

Demostrar agradecimiento y amor por tus padres cuando más lo necesitan, creo que ayuda a desarrollar la capacidad para enfrentarte a la vida por dura que sea. 

Luisa Vicente.

Comentarios

Marcelo ha dicho que…
Brillante Luisa.....con tu relato imaginé a tu madre y ahora siento como si la hubiera conocido. Agradece todos los días el haber tenido una madre así, muchos no pueden hacerlo.