LA MUERTE SILENCIOSA o MUERTE ÓNTICA

LA MUERTE SILENCIOSA


Si tuviera que definir lo más  importante que hemos perdido tras la pandemia diría: la esperanza y el alma de las Administraciones en todas las comunidades.

La palabra y el trato que nos dan en momentos tan críticos como los actuales, tiene el poder de darnos la vida, deteriorarla o llevarnos a  perderla.

De poco sirve que la inteligencia artificial ofrezca  un diagnóstico de las enfermedades con  los fármacos más precisos, que se monitorice la actividad de una célula viva en tiempo real con una antena inalámbrica, o que un biosensor detecte tumores con menos de una gota de sangre, si la empatía está ausente  y nos hacen sentir números y no seres humanos.

Hoy las consultas médicas se llenan de ordenadores y pantallas de plasma, y se vacían  de tiempo y de médicos que nos atiendan. La mayoría de sanitarios están en paradero desconocido, o han marchado a otros países en busca de mejores condiciones laborales y más reconocimiento. Mientras tanto el sistema sanitario se desintegra y cae a pedazos. 

La burocracia sanitaria no puede ser más ineficaz y caótica,   tanto  que el paciente  sale más  desesperanzado y enfermo de la consulta que cuando entró. La visita telemática es otro gran invento para adelgazar el presupuesto sanitario.

La soledad y el abandono es palpable. Lo sentimos cuando nos dan cita a 6 meses vista, mientras tanto la enfermedad va haciendo de las suyas. Lo sintieron las 130 personas que fallecieron al mes, una cada 11 minutos,  en 2021  en Catalunya en el laberinto  burocrático de la ley de dependencia. Lo sabemos al llamar a la Administración  y comprobar que nadie coge el teléfono, o  cuando los bancos nos  expulsaron del sistema financiero al obligarnos a trámitar todo por internet para ahorrar costes de personal.

Si los Servicios Públicos no funcionan, que son las estructuras que sostienen a un país, se hace  ingobernable  y se convierte en un país fallido, como es ahora  España.

Muchas personas, sin estar graves, están falleciendo poco a poco porque  han  perdido la esperanza. Las han alejado tanto de su entorno y de sí mismos, que ya no creen en nada. Se podria calificar de asesinato social.

La muerte  óntica  es la peor, porque nadie la detecta  ni queda  reflejada  en las estadísticas. Las  dolencias silenciosas  del alma, la tristeza, el abandono, o la soledad, se consideran  irrelevantes  en la sociedad feliz del siglo XXI, a pesar de su  notable incremento.   Sin  embargo tienen los mismos efectos para la salud que las enfermedades biológicas. Según el Doctor Víctor Vidal, aumenta el colesterol, altera el cortisol, afecta al sistema inmune, acelera los procesos de cáncer, disminuye   el efecto de la quimioterapia, y afecta a los huesos al haber menos riego sanguíneo, entre otros síntomas.

En tan solo 15 años los mayores de 65 serán ya el 25% de la población y en 2050 los octogenarios superarán la barrera del 10% de los catalanes, por tanto en el 2035 la población de mayores será ya del 42% más numerosa que en la actualidad. Muchos morirán de enfermedades graves, y otros muchos perderán la vida por muerte silenciosa.

Estamos viendo fallecimientos y destrucción como nunca antes.   Suceden a diario muertes repentinas, daños orgánicos  irreversibles,  muertes de bebés en los embarazos,  anormalidades menstruales, ictus, paros cardíacos, problemas de coagulación,  miocarditis, pericarditis. Los médicos dicen no conocer las causas del exceso de mortalidad de 35.000 personas en España según el MOMO.  No se puede descartar que dichas muertes se deban a los efectos perniciosos de  la terapia génica contra el SARS-Cov-2, pero tampoco se debe descartar que estén originadas por la soledad, el abandono, y la angustia vital que sentimos desde hace más de dos años. 

El confinamiento, el distanciamiento familiar y social, y ahora la desatención de la sanidad, y de las Administraciones que no ofrecen los servicios  mínimos que necesitamos, ha desencadenado  que centenares de personas que viven solas en sus casas, estén falleciendo  en el más estruendoso  silencio, sin que nadie las eche en falta. Cuando vacíen  sus casas,  los que entren a habitarlas  las llenarán de  mascotas y trastos,  y el mundo continuará  con la misma indiferencia que vemos una hoja seca a merced de un tormentoso otoño.

Solo pedimos que nos dejen ocupar un asiento en el tren de la vida hasta que bajemos  en nuestra  estación final. Para los naufragos que siguen remando sin saber a dónde ir, ni qué puerto les cobijará, no existen vientos favorables. A nadie importan.

Luisa Vicente








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